Consecuencias de la Ludopatía en el ámbito familiar y su papel en la rehabilitación

El juego es considerado por la mayoría de las personas como una actividad recreativa que no implica consecuencias negativas, sin embargo, en algunos casos puede convertirse en una adicción. En este caso, hablamos de lo que se conoce como ludopatía, trastonro en el que la persona manifiesta impulsos incontrolables por jugar apostando dinero, el juego pasa a ser el centro de su vida, convirtiéndose en patológico. A medida que la necesidad de jugar se va profundizando, la persona comienza a mentir y a endeudarse para poder continuar con esta conducta de la que ya ha perdido el control.

Cuando hablamos de ludopatía es imposible no incluir el contexto familiar, ya que las consecuencias del juego patológico sobrepasan la esfera personal. La mayoría de los autores, hasta el momento, coinciden en el alto impacto que tiene la ludopatía en la vida familiar y conyugal, sin dejar de mencionar el ámbito laboral y las amistades.

Al principio, el ludópata no reconoce su problema y evita o se excusa cuando su entorno familiar le habla sobre el tema, surgiendo las típicas frases “no es para tanto”, “cuando quiera dejaré de jugar”, “yo lo controlo” y, logrando que su entorno también minimice el problema, a pesar de que su conducta empeore al ir aumentando su tolerancia al juego.

La ludopatía se manifiesta en todos los estratos sociales y edades y, si bien es un trastorno que se da más frecuentemente en varones, las mujeres también lo padecen, aunque suelen ser más reticentes a pedir ayuda por la censura social. (Echeburúa y Fernández-Montalvo, 2003; citado en Javier Fernández-Montalvo y Ainhoa Castillo, Departamento de Psicología y Pedagogía. Universidad Pública de Navarra, Salud y drogas, Vol. 4, Nº 2, 2004).

Los datos indican que en España aproximadamente entre el 2 y el 3% de la población adulta y adolescente está afectada por ludopatía. Las estadísticas señalan que hay una mujer ludópata cada dos hombres, se puede intuir que estas cifras están más igualadas, ya que la mujer sufre su problema en silencio, como sucede en otros comportamientos adictivos como el alcohol. Actualmente, las mujeres continúan sufriendo el estigma social, ya que se sigue viendo de diferente forma la adicción al juego en el hombre que en la mujer.

Frente a este trastorno, la familia trata de ayudar a la persona a resolver sus problemas, aunque muchas veces no puede advertir que está entrando en un túnel sin salida. A partir de aquí, los conflictos van en aumento, pues muchas veces, la pareja intenta ocultar el problema del adicto frente a familiares, amigos y, también, frente a sus hijos, dando explicaciones para justificar este comportamiento. En consecuencia, lo único que obtiene es ayudar en la persistencia de la patología.

El jugador patológico comienza a descuidar sus obligaciones, tanto en el ámbito familiar como en el laboral y social. Él o la cónyuge, entonces, termina asumiendo de manera obligada todas las responsabilidades familiares, buscando apoyo entre los suyos, en donde no siempre lo encuentra. Así, comienza a tener mayor control sobre la conducta del jugador/a y lo perdona cada vez que cae, con la esperanza de que cambie. Sin embargo, esta situación termina por ocasionar en la familia una inestabilidad que deriva en distintos trastornos, como la depresión o problemas de conducta en los hijos/as niños y adolescentes.

Asimismo, para el jugador todo gira en torno a su adicción, por lo que su entorno como la familia, el trabajo o las amistades pasan a ser funcionales y solo tienen valor mientras le sirvan para poder mantener su conducta adictiva. Para lograr esto, suelen esforzarse mucho en ocultar su problema hasta que ya no pueden hacerlo. (Blanco Miguel, 2017).

Uno de los aspectos más evidente de la conducta adictiva al juego es la situación económica en la que se encuentran inmersas estas personas, ya que para poder continuar con esta práctica necesitan dinero, lo que los lleva a contraer grandes deudas que no pueden afrontar. Para mantener esta situación comienzan a generar una red de engaños con el fin de cubrirse, sin embrago, este círculo vicioso termina provocando un desequilibrio en el sistema familiar y/o conyugal, donde todo comienza a verse afectado, con la aparición de discusiones o falta de comunicación, desconfianza, desinterés, etc.

La intensidad de estas consecuencias va a depender del grado de relación que mantenga la persona que padece ludopatía con su entorno familiar. En el caso del cónyuge, algunos autores indican que este puede verse más afectado psicológica y físicamente que el propio jugador. Esto sucede porque el jugador, una vez que confiesa su problema y se descubren las consecuencias económicas, sociales y laborales que se fueron generando por su conducta, se siente aliviado al ver que la responsabilidad de resolver esos problemas ya no recae solo sobre él. En este contexto, la familia es la que comienza a preocuparse para ver de qué manera podrá resolver estas complicaciones. A partir de aquí, toda la relación familiar estará determinada por la adicción del jugador.

Algunos autores como Walker (1992), Marazuela y Marazuela (1995) y Belliringer (1999) afirman que la ludopatía se manifiesta, en algunos casos, por el tipo de familia en que se desarrollan, en la que se le da suma importancia al dinero, a la planificación económica o la exposición al riesgo, factores que pueden predisponer a desarrollar este tipo de adicción. (citado en Javier Fernández-Montalvo y Ainhoa Castillo, Repercusiones familiares del juego patológico: una revisión crítica, Departamento de Psicología y Pedagogía. Universidad Pública de Navarra, Salud y drogas, Vol. 4, Nº 2, 2004).

En familias afectadas por la adicción al juego tienden a desarrollarse dinámicas en las que las relaciones se apoyan en distintos patrones: control/descontrol, perseguidor/persegui­do, reproche/perdón, que suelen permanecer durante muchos años. Esto es así porque las relaciones estarán orientadas por los mandatos de la adicción, de modo que, la identidad familiar quedará organizada a partir del jugador y sus conductas. (Blanco Miguel, 2017).

En general, los roles de los miembros de una familia afectada por la ludopatía suelen trastocarse, con el fin de seguir manteniendo ese proceso de juego adictivo, así, cada uno comenzará a tener roles disfuncionales, típicos de situaciones de codependencia. En el nuevo rol, la pareja del jugador suele ubicarse en el papel del recriminador, echándole la culpa de todos los problemas familiares al jugador. Sin embargo, esta situación de reproche constante logra desgastar a la pareja e incitar al adicto para continuar con su conducta. (Blanco Miguel, 2017).

Otros autores hacen hincapié en que las personas cercanas al jugador patológico terminan por llegar a la ruina económica y personal. Se ha demostrado que, en el tratamiento de la ludopatía, muchas veces, la pareja del jugador, en general la mujer, requiere de asistencia psicológica, ya que el descubrimiento de la situación junto con los problemas económicos y la aparición de deudas provoca una serie de síntomas, entre ellos, la desconfianza y sentimientos de duda que repercute en la recuperación del jugador. Por otra parte, el hecho de convivir con un jugador patológico genera un nivel de estrés muy importante (Lorenz, 1989). Todo esto, tiene un efecto negativo en la relación de pareja, lo que lleva a la separación o al divorcio. (cfr. Garrido, Jaén y Domínguez, 2002, citado en Javier Fernández-Montalvo y Ainhoa Castillo, Repercusiones familiares del juego patológico: una revisión crítica, Departamento de Psicología y Pedagogía. Universidad Pública de Navarra, Salud y drogas, Vol. 4, Nº 2, 2004).

La mayoría de las terapias se centran en el contexto familiar ya que la implicación de la familia influye en el abandono o el seguimiento del tratamiento establecido. (Caro et al., 2016).

En una investigación llevada a cabo por Castaño et al (2011) se indica que “el 26,7% de la población clasificada como adicto al juego presentaba una disfunción familiar severa y un 13,3% de jugadores en riesgo presentaban problemas de disfuncionalidad familiar”, esto determina que las relaciones que se den en el seno familiar son fundamentales en la prevención de las conductas adictivas. Por ello, es esencial saber cómo manejar el control de la familia y tener una buena comunicación.

Muchas veces, los padres de los adictos al juego, a pesar de hacer lo mejor que pueden, colaboran empeorando la situación al intentar ayudarlos con el pago de las deudas o al cubrirlos con engaños frente a sus parejas o amigos. Esto sucede porque la familia no acepta el problema o prefiere ocultarlo por vergüenza (Jaén y Garrido, 2004).

Es importante entender que la familia actúa como la fuente socializadora principal del jugador patológico. El sistema va a atravesar diferentes ciclos y pondrá en marcha todos sus recursos para enfrentar la situación.

Fases importantes a la hora de la intervención por las que atraviesa la familia del ludópata:

Primero, aparece la fase de la negación, en la cual la familia niega la realidad, ya que cree que la situación es pasajera y que todo se resolverá pronto. Luego, se pasa a la fase de estrés, en la que el juego interfiere de forma significativa en el sistema familiar, y si bien se intenta ayudar a la persona, los esfuerzos suelen ser fallidos, lo que provoca desilusión, frustración y resentimiento, dando lugar a la última fase, la de agotamiento, en la que la familia se encuentra sin herramientas para enfrentar los eventos, lo que aumenta el malestar y la aparición de síntomas como la ansiedad y la depresión. (Morales-Ramírez, Ramírez-Aranda, Avilés-Cura & Garza-Elisondo, 2015).

Para la recuperación del adicto al juego, la familia debe ser involucrada en todo el proceso de la intervención y debe participar de forma activa. Existen varias teorías que indican que la familia puede ser un factor de ayuda, pero a veces, en lugar de ayudar, puede contribuir en la protección de la conducta adictiva.

En este proceso de apoyo familiar, es más común que los hijos perdonen y olviden con más facilidad que las parejas la situación padecida por la adicción al juego del padre o la madre. Por otro lado, si bien existen más estudios sobre la conducta de varones jugadores que de mujeres, la realidad demuestra que, quizá por la condena social, la mujer adicta al juego es la que más va a sufrir la falta de apoyo familiar, por lo que suele enfrentarse a su problema en la mayor soledad y, quizá, con la ayuda de alguna amistad.

Además, es importante que la familia entienda que también debe recuperarse, dado que todos están afectados por el problema. En este sentido, es fundamental trabajar con la persona que padece ludopatía y la familia como un sistema que está interrelacionado, ya que dependen uno del otro para poder funcionar y crecer.

El vínculo que se origina en la familia es el más importante para que las personas aprendemos a relacionarnos con los demás, lo cual influye en nuestro desarrollo. La familia y, sobre todo, los padres son determinantes en nuestro ajuste psicológico y social. Por ello, trabajar con la familia en este caso implica brindarles la posibilidad de que puedan acomodar, nuevamente, sus roles, permitiéndoles normalizar la situación que están atravesando.

 

Natalia Elma Pontoriero

Psicóloga General Sanitaria (Col. A-03030)

 

Bibliografía

Asociación Aragonesa de Jugadores de Azar en Rehabilitación. Https://azajer.,com/que-es-la-ludopatia/

Blanco-Miguel, P. y Borrego-Alés, Y.(2021). La adicción al juego. Referentes claves para los procesos de intervención psicosocial. South Florida Journal of Development, 2 (5), 7310-7322.

Blanco-Miguel, P..(2017). Problemática familiar y adicción al juego. Consecuencias familiares derivadas de la adicción al juego. Española de Drogodependencias, 42 (4), 35-47.

Fernández-Montalvo, J. y Castillo, A.(2004). Repercusiones familiares del juego patológico: una revisión crítica.  Salud y Drogas, 4 (2).

Garrido-Fernández, M, Jaén-Rincón, P. y Domínguez Álvarez, A.M.(2002). Relaciones de pareja y juego patológico: un estudio descriptivo a través de La Escala de Ajuste Diádico (DAS). Apuntes de psicología. 20 (1), 33-48.

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